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La guerra en Irán: Un poquito más cerca del Apocalipsis
¿Bomba atómica contra Teherán? El conflicto, que entra en su tercera semana, reabre debates sobre la Tercera Guerra Mundial.
Por Julián Varsavsky/PÁGINA 12
El célebre politólogo John Mearsheimer de la Universidad de Chicago declaró que estamos ante “una situación sumamente peligrosa; si los israelíes pierden en Irán, si son plenamente conscientes de que han perdido, sentirán que un Irán con armas nucleares sería muy peligroso para Israel, desde su perspectiva. Y harán todo lo posible para evitarlo. Y si no pueden evitarlo a través de armas convencionales, considerarán el uso de armas nucleares. Y como sabemos, no hay Estado en el planeta más sanguinario e implacable que el israelí. Así que la idea de que vayan a usar armas nucleares es ciertamente posible. Estoy realmente preocupado por este escenario”.
El académico Jeffrey Sacks fue más dramático: “Veo una calamidad y un montón de sangre fluyendo; es un asesinato masivo de civiles por Israel y EE. UU.; están matando indiscriminadamente; estamos yendo hacia la Tercera Guerra Mundial guiados por gobernantes extremadamente violentos”.
Esta guerra aérea sin infantería está sujeta a los stocks de misiles y drones desde el lado iraní y a los interceptores en el lado israelí. Si a Israel se le agotaran las defensas antiaéreas antes que a Irán sus proyectiles, los persas incendiarían a gusto Tel Aviv desencadenando quizá la respuesta nuclear: la tercera bomba atómica de la historia sobre gente. Es una posibilidad real: es lícito ya analizar escenarios de guerra nuclear y mundial.
Lo factible de lo indeseable
El general del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica, Mohsen Rezaei, afirmó en la TV iraní que si su país es atacado con un arma nuclear, “Pakistán lanzaría un ataque nuclear contra Israel”. La respuesta israelí sería inmediata y en minutos habría centenares de millones de muertos. Pero el Ministro de Relaciones Exteriores de Pakistán, Ishaq Dar, dijo que esos dichos mentían, reiterando que la política nuclear de Pakistán es “para la defensa” y la disuasión, orientada a la India». Claro que, si existiese dicho acuerdo, nunca lo dirían. Pero es muy poco probable: el mundo islámico no es ese bloque unificado que plantea Samuel Huntington en El choque de las civilizaciones, sino una diversidad bastante enfrentada entre sí (Irán es chiita y Pakistán sunita).
Paradójicamente, las armas nucleares sirven para la paz: su función central es la disuasión. Desde que Kim Jong Un detonó bombas nucleares subterráneas, puede dormir más tranquilo: es casi impensable un ataque de decapitación de régimen en Pyongyang como lo hecho en Venezuela e Irán que, de haber tenido la bomba, no hubiese sufrido el asesinato de Alí Khamenei. Desde el momento en que atacar es morir –arrojarla es recibirla como bumerán– sería extraño que un régimen ejecute una acción “suicida” contra un adversario nuclear. El problema es que ningún país puede estar absolutamente seguro de que el enemigo jamás se la vaya a arrojar: la amenaza existencial está siempre latente.
Al no tener Irán la bomba atómica, carece de la capacidad disuasoria máxima: esto factibiliza un ataque nuclear a Teherán que podría matar a 14 millones de personas. Otra opción sería que se lanzaran en una ciudad pequeña como en Hiroshima. Un bombazo nuclear en Irán no significa, a priori, que Rusia o China vayan a responder de manera atómica hacia Israel o EE. UU. Por eso una bomba atómica explotando en Irán no significaría el comienzo de la Tercera Guerra Mundial.
Guerras simultáneas
El mundo tiene otros frentes además del Medio Oriente: Pakistán en guerra con Afganistán y Rusia enfrenta a Ucrania, pero también a toda la Unión Europea e indirectamente a EE. UU. en una guerra intercontinental que podría escalar (es más probable que Zelensky y Putin acuerden antes). Un rasgo del siglo XXI en la era Trump es la caída del orden mundial multilateral post Segunda Guerra Mundial con reglas comunes, mal que mal, mediadas por la ONU. Trump es unilateralista en un mundo tripolar (China, Rusia y EE.UU) y creó el Board of Peace paralelo a la ONU donde es amo y señor.
Rusia invadió Ucrania y Trump lo hizo en Venezuela: amenaza hacerlo en Cuba y Groenlandia, mientras destroza a Irán violando un derecho internacional que ya no existe. ¿Y si Beijing viese una ventana de oportunidad hacia Taiwán una vez que EE.UU. haya gastado su mejor arsenal con Irán? Aduciría que en un mundo donde cada quien hace a gusto lo que le conviene, China podría tomar lo que considera suyo. EE. UU. tiene un compromiso tácito con Taiwán. ¿Iría a la guerra contra China por la isla? Nadie lo sabe con certeza. De ser así, habría guerra mundial con posible devenir nuclear. No es la hipótesis más probable, pero es factible.
Las potencias juegan con átomos. Pero cuidan muchísimo su lenguaje al referirse a ellos: “las tenemos solo en defensa”. Pero en Israel el discurso es un poco distinto: no niega ni afirma tener la bomba. Pero todos saben que tiene entre 90 y 400 ojivas que podría lanzar por aire, tierra y mar. Obtuvo la bomba en 1966 con ayuda de Francia, antes de invadir Cisjordania. Sin embargo, funcionarios y primeros ministros han insinuado que Israel posee armas nucleares. Sus fuerzas armadas se basan en la Doctrina Begin de contrapro-liferación de armas nucleares enemigas: la Fuerza Aérea Israelí hizo las operaciones Opera y Orchard destruyendo reactores nucleares en Irak y Siria (1981 y 2007). Y junto con EE. UU. bombardeó el programa nuclear de Irán, además de ejecutar a una veintena de científicos.
La otra doctrina israelí es la Opción Sansón: implica el uso concreto o la mera disuasión con armas nucleares contra amenazas existenciales. Todo se basa en el Centro de Investigación Nuclear del desierto de Néguev con su reactor y una planta de procesamiento de uranio. Durante la Guerra de los Seis Días en 1967, Israel habría abortado un plan para detonar un arma nuclear en el desierto de Sinaí. El ex primer ministro David Ben-Gurión estaba obsesionado por obtener armas nucleares para evitar un nuevo Holocausto: “Lo que Einstein, Oppenheimer y Teller, los tres judíos, hicieron para EE.UU., también lo podrían hacer los científicos de Israel para su propio pueblo”.
El “incidente Vela” es ilustrativo: el 22 de septiembre de 1979 un satélite de EE.UU. detectó un doble destello de luz cerca de las Islas Príncipe Eduardo en Sudáfrica. El satélite del programa Vela fue instalado para vigilar el cumplimiento del Tratado de Prohibición Parcial de Ensayos Nucleares de 1966. En el mundo habían ocurrido 41 detecciones de estallidos nucleares, coincidiendo con las pruebas oficiales de cada país. Pero nadie se hizo cargo de la detección número 42 en 1979 y EE.UU. señaló a dos sospechosos: Israel y Sudáfrica en conjunto, cuando el régimen del apartheid y el sionista tenían una estrecha relación militar y comercial (Sudáfrica poseía uranio e Israel la tecnología nuclear).
La doctrina nuclear israelí parte de la premisa de que el país no puede permitirse perder una sola guerra y debe tener la capacidad máxima de disuasión. Si las defensas israelíes fallaran, recurrirían a la Opción Sansón: un ataque total contra el adversario. El arsenal nuclear podría usarse para ataques puntuales como aniquilar unidades militares o destruir ciudades.
Una discursividad genocida
El periodista Seymour Hersh –denunciante de la matanza de My Lai en Vietnam– dijo que en 1973, justo antes de la Guerra del Yom Kipur, Golda Meir puso en alerta ocho aviones F-4 con armamento nuclear en la base de Tel Nof. El 9 de octubre de 2023 la diputada del Likud, Tally Gotliv, tuiteó: “¡Solo una explosión que sacuda Oriente Medio restaurará la dignidad, la fuerza y la seguridad de este país!”. Al ministro de Patrimonio, Amihai Eliyahu, le preguntaron si Israel debería arrojar la bomba atómica en Gaza para “matar a todos”. La respuesta fue: “Esa es una forma”.
El coronel Lawrence Wilkerson —quien se opuso a la invasión a Irak en 2003– pronosticó esta semana un mal final a la aventura de Trump: “Estamos presenciando los pasos iniciales de la retirada del imperio estadounidense del Levante y de Oriente Medio. No creo que podamos sostener nuestra presencia allí después de lo que va a pasar, particularmente si nos quedamos durante mucho tiempo y sufrimos bajas significativas. ¿Cómo podrían siquiera llevar infantes de marina o soldados, Dios no lo quiera, a Irán? Hundirán los barcos que vienen a depositar esas tropas donde sea que vayan. Así que esta es una guerra con mucho alcance. Trump la ha malinterpretado por completo. El único que la ha interpretado correctamente es Netanyahu. Y creo que está listo para usar un arma nuclear, si las cosas se ponen tan mal como parece que podrían, porque Irán ni siquiera ha comenzado a disparar sus misiles más sofisticados. Y ahora, la segunda y tercera clase de esos misiles están pasando casi sin oposición. Imagínate lo que los misiles Mach 3 y Mach 4 -tal vez tengan cien ojivas– le harán a Israel. Escuché a Netanyahu hablando en hebreo a su clan, a Ben Gvir y Smotrich. Y al final dijo que si las cosas iban mal, estaba preparado para mostrar a los iraníes algo que nunca antes habían visto. Creo que se refería a un arma nuclear”.
La Tercera Guerra Mundial se disputará también en el espacio exterior, dado el uso de satélites para identificar blancos. EE. UU., China e India ya han experimentado con misiles antisatélites. Y se sospecha que hay países que lanzaron satélites camuflando una bomba nuclear, lista para arrojarle a un competidor en órbita y que deje así de mirar el mundo. Las fuerzas armadas ya no se dividen solo en cuerpos de tierra, aire y mar: las potencias tienen una fuerza del espacio extra atmosférico que, a juzgar por las guerras de drones y misiles, podría determinar el futuro de la supremacía mundial. Es verosímil un “PearlHarbor espacial” y que el primer disparo de la Tercera Guerra Mundial suceda en la estratósfera para cegar al adversario: hoy el mundo se domina desde el cielo con información procesada por IA.
La reciente película Una casa llena de dinamita muestra un escenario en el que la primera bomba de la Tercera Guerra Mundial surge desde algún lugar del océano hacia EE.UU., cuyos militares ignoran la autoría del ataque: los protocolos indican que ante la duda, deberán atacar a todos los sospechosos antes de que les aterrice el misil ICBM en camino, cuya carga ignoran y que no han podido derribar, ni saben si se disparó por error. Esto sería el fin de la civilización.
Es probable que la cantidad de países nucleares aumente, mientras las tensiones y guerras vayan in crescendo en el tablero mundial. El régimen iraní –ahora sí– hará lo posible por alcanzarla: es la clave de su salvación. Turquía está pensando en una —le teme al expansionismo israelí— y Arabia Saudita ha dado señales, al igual que Japón y Corea del Sur por temor a China (EE.UU. está retirando misiles interceptores de Corea del Sur para llevarlos a Medio Oriente). El Pentágono estima que el arsenal nuclear chino podría aumentar de 600 ojivas a más de 1000 para 2030.
El resultado de este proceso sería el de toda tecnología, dotada siempre con doble filo. Lo más lógico es que el arma disuasiva por excelencia sea la clave para la paz, como en la Guerra Fría: nunca un soldado ruso se vio la cara en batalla con otro de EE.UU. En un mundo sin armas nucleares, habría más guerras. Pero toda tecnología puede fallar. Alcanzaría la mala interpretación de un radar, como sucedió en 1983 cuando el sistema de alerta temprana soviético confundió un reflejo del sol en nubes de gran altitud con el lanzamiento de cinco misiles desde EE.UU. El teniente coronel Stanislav Petrov desconfió del sistema —un ataque real debería haber sido masivo— y desobedeció el protocolo de contraatacar. Quizá esto salvó al mundo.
Todos los escenarios simulados concluyen hoy que una escalada nuclear global se desataría en minutos y, una vez arrojada la primera bomba, no habrá marcha atrás. Los afortunados quedarán reducidos a polvo y el metal se evaporará en un segundo por la explosión de un megatón cuatro veces más calórica que el núcleo del sol. Pero millones en la periferia sobrevivirán unas horas en modo zombie —ya sin piel en todo el cuerpo— confirmando la frase apocalíptica atribuida a John Kennedy en la Crisis de los Misiles en 1962: “Los vivos envidiarán a los muertos”.
