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“Teníamos que devolverles un ritual de despedida”

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Este viernes, se celebrará una misa en la Ciudad de Buenos Aires para homenajear a Nelly Moreno, José Luis Goyochea, Rosa Godoy y Carlos Cruspeire, cuyos restos fueron hallados por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF).

Por Luciana Bertoia/PÁGINA 12

Pedacitos muy pequeños. Un huesito del pie izquierdo; otro de la mano derecha; una partecita del maxilar. Con esos restos diminutos, el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) logró identificar a dos parejas que habían estado secuestradas en el campo de concentración de La Perla y fueron sacadas juntas hacia la muerte en octubre de 1977. Para las familias son huesitos que traen certezas, pero también huesitos que duelen.

Dos meses después de que se anunciaran las identificaciones de Nélida Noemí Moreno, José Luis Goyochea, Rosa Cristina Godoy y Carlos Cruspeire, serán despedidos este viernes, a las 18, en la parroquia Nuestra Señora de la Merced (Reconquista 209, CABA). Antes, a las 17, habrá una procesión desde Avenida de Mayo y Perú hasta la la iglesia.

La ceremonia final para Luis y Nelly será el 1 de agosto en Punta de los Llanos, en el marco de la conmemoración por los 50 años del martirio de Monseñor Enrique Angelelli. “Me conmueve mucho cómo los esperan allá”, cuenta Águeda Goyochea, una de las tres hijas del matrimonio, en una conversación con Página/12 en su casa del barrio de San Telmo.

—¿Cómo fue para vos el proceso de saber de las identificaciones?

—Nunca dejamos de buscar, como todos. A nivel familiar nos pasaba que habíamos podido saber bastante sobre ellos. Sabíamos que habían estado juntos en La Perla, que habían permanecido con vida un tiempo. Teníamos muchos testimonios que para nosotros son muy importantes porque eran lo único que podíamos conocer de su última etapa, antes de que los mataran. Después pudimos recorrer La Perla cuando Néstor Kirchner entregó el predio. Hicimos la visita con sobrevivientes y pudimos saber dónde habían estado, dónde habían podido permanecer juntos, cómo habían sido los traslados internos. Pudimos darle cierto sentido a esa etapa posterior al secuestro y anterior al asesinato. También estaban las cartitas que mi mamá escribió para el Día de la Madre mientras estaba secuestrada. Todo eso hacía que tuviéramos bastante reconstruido ese último momento. Pero siempre seguíamos buscando algo más. Yo le decía a Maco (Somigliana) que estaba tratando de reconstruir no ya los últimos días de mis viejos en el campo de concentración —eso más o menos lo conocíamos—, sino el último tiempo con nosotros como familia. Quería saber si la habían visto venir, por ejemplo.

—¿Cuántos años tenías al momento del secuestro?

—Dos años. Estábamos en esa búsqueda, cruzando testimonios e hipótesis. Yo iba preguntando cosas, tratando de relacionarlas con distintas caídas o con personas que podían aportar información. En ese contexto se confirma el hallazgo en noviembre del año pasado. Fue muy conmocionante para todas las familias. No imaginaba el alcance que iba a tener. En marzo, cuando llegaron las primeras confirmaciones, me impactó muchísimo la certeza del hallazgo y, sobre todo, la pequeñez de los restos. En algunos casos quedó apenas un huesito de la mano o un fragmento diminuto del pie.

—¿Y qué pasa después de esa conmoción?

—Después empiezan a aparecer las respuestas, que también son muy dolorosas. Sobre cuerpos que ya habían sido asesinados hubo, además, un trabajo destinado a destrozarlos, destruirlos, intentar hacerlos desaparecer una vez más, borrar cualquier rastro de su existencia. Cuando nos llamaron para decirnos que habían identificado a mis viejos, yo ya sabía que se trataba de fragmentos pequeños. Pero una cosa es saberlo y otra muy distinta enfrentarse a esa pequeñez que me dejaba sin aire. Cuando empezamos a contarlo, nos preguntaban si los íbamos a traer. Uno imagina un cuerpo. Lo pequeño encierra también la dimensión de la destrucción y del aniquilamiento.

—Es como una violencia después de la violencia…

—Es una violencia que no cesa. No es el paso del tiempo lo que produjo eso; fue la acción de quienes intentaron borrar todo rastro. Es una situación incómoda de decir e incómoda de escuchar. Esa es la certeza con la que contamos hoy. Pensar todo esto duele. Nosotros ya sabíamos que habían estado en La Perla, que habían sido torturados y que las condiciones de su cautiverio habían sido terribles. Sabíamos de las condiciones en las que habían sido trasladados y que habían sido muy traumáticas. Sabíamos del enorme esfuerzo de los sobrevivientes por transmitirnos ese último tramo de sus vidas. Pero tener la certeza de que fueron fusilados y enterrados sigue siendo algo sobre lo que hay que detenerse a pensar. Y quizá esto sea compartido. En la conferencia por el anuncio, a mí me conmovía mucho escuchar lo de la insistencia de la búsqueda.

—¿Cómo se sigue después?

—Por un lado está la necesidad de devolverles un ritual de despedida. Todos los seres humanos tenemos derecho a un ritual. Eso es algo que estamos construyendo. No sé todavía qué efectos tendrá, pero sé que es una tarea necesaria. Pero además aparecen otras preguntas: ¿Qué vuelve de nuestros viejos? ¿Qué trae este hallazgo? En mi caso me obliga a trabajar en su ritual. Pero también abre preguntas para muchas otras familias. ¿Cómo se hace con los que no tienen la posibilidad de armar un ritual de despedida, donde no está ese derecho porque no están esos restos? Nosotros hemos inventado otras cosas: homenajes, baldosas, despedidas, bordados, banderas; un montón de maneras de hacerle cuerpo a aquello que no tiene cuerpo. Sabemos que la tarea es buscarlos a todos, pero incluso aunque encontremos hasta el último, no es que esto va a dar vuelta la taba. Sin embargo, la disposición como pueblo es inevitable para que eso suceda.

—¿Podríamos decir que el efecto de la desaparición sobre las familias no termina el día en el que te llaman del juzgado?

—No, no termina. No sé si termina. La desaparición no se revierte con la aparición de los restos. Es necesario hacer todo lo que sea necesario para hacer cesar los efectos de la desaparición. No es solamente una gran deuda con ellos, sino una tarea necesaria a nivel social. Preguntarnos sobre eso es asumir la responsabilidad que nos cabe, pasar a dar cuenta de este tiempo, de lo que nosotros podemos hacer con esto. ¿Y qué podemos hacer? Una tarea urgente es buscarlos.

Despedida a los Goyochea y Cruspeire Redes Sociales

—¿Cómo surgió la idea del ritual compartido con la familia Cruspeire?

—Hace muchos años, cuando participábamos del colectivo de huérfanos, uno de los proyectos que empezamos a imaginar era un panteón colectivo. Estoy hablando de 2011 o 2012. Pensábamos qué ritual habría que construir para cuando empezaran a aparecer los restos de nuestros familiares. Recuerdo que yo decía que, cuando aparecieran mis viejos, quería un cajón de tamaño real. Mi papá medía cerca de 1,80 metros y quería que esa dimensión estuviera presente. Que se viera la contundencia. También discutíamos otras cuestiones: la posibilidad de que fueran velados en el Congreso o en la Legislatura, cómo inscribir esas despedidas en la historia colectiva. Visitamos incluso el cementerio de la Chacarita pensando dónde podría existir un panteón de esas características. Recorríamos lugares, sacábamos fotos, hablábamos con las autoridades del cementerio. En ese momento todavía no había restos identificados de nuestros familiares, pero estábamos convencidos de que algún día iban a aparecer.

—¿Y el diálogo con los Cruspeire?

—Con Mariela tenemos esta historia compartida. Las dos hicimos el camino juntas. Reconstruimos el traslado. Y de esas conversaciones fue naciendo la idea de hacer una ceremonia compartida para las dos parejas. Buscábamos un lugar donde pudiéramos reunirnos todos en pie de igualdad, donde todos podamos encontrarnos fraternalmente.

—¿Por qué llevarlos a La Rioja por los 50 años del asesinato de Angelelli?

—Mis viejos provenían de familias profundamente cristianas. Mi papá tuvo una participación muy cercana a los sectores vinculados a Angelelli durante sus primeros años de militancia. De hecho, mis padres se casaron en la capilla Cristo Obrero. Después dejaron de tener una práctica cristiana cotidiana, pero ese mundo formó parte de sus trayectorias. En mi familia riojana, Angelelli siempre fue una presencia muy importante.

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